Quién manda en nuestro comportamiento: ¿nuestra parte racional o nuestra parte emocional?

En el libro “El cuerpo lleva la cuenta”, el psiquiatra holandés Bessel Van der Kolk cuenta que realizó en 1994, junto a sus compañeros del Hospital General de Massachusetts (EEUU), un estudio con 76 voluntarios que habían sufrido traumas (la mayoría violaciones, aunque también abusos en la infancia, accidentes de tráfico y experiencias de guerra). Casi todos tenían flashbacks repetitivos: se sentían abrumados por imágenes, sonidos, sensaciones y emociones.

Van der Kolk preguntó a ocho de ellos si estarían dispuestos a volver a la clínica y permanecer inmóviles en un escáner mientras recreaban una escena de los acontecimientos dolorosos que los asaltaban y todos aceptaron.

Su estudio mostró claramente que cuando a las personas traumatizadas se les muestran imágenes, sonidos o ideas relacionadas con su experiencia particular, la amígdala (parte de la estructura emocional del cerebro) reacciona con alarma. Incluso aunque hayan pasado muchos años desde el acontecimiento.

Además el estudio mostró lo siguiente:

– A menudo el recuerdo del trauma no es secuencial (con un un inicio, desarrollo y final), si no que es vivido de forma desorganizada y en tiempo presente en forma de imágenes (la cara del violador), sonidos (la voz del violador), olores (el olor del violador) o emociones (culpabilidad, miedo…).

– Que al recordar el trauma se activa la región de la corteza visual que registra las imágenes cuando entran por primera vez en el cerebro. Es decir, el flashback lleva de nuevo el trauma a la conciencia de forma inalterada por el paso del tiempo, siendo capaz de activar con similar intensidad los sonidos, olores y otras sensaciones físicas relacionadas.

– Los escáneres también revelaron que, durante los flashbacks, solo se iluminaba el lado derecho del cerebro (estructura emocional) de los sujetos. Mostraban claramente que las imágenes de los traumas del pasado activan el hemisferio derecho del cerebro y, muy importante, desactivan el izquierdo (estructura racional).

Un ejemplo de Boston

Marsha, una maestra de cuarenta años de un suburbio de Boston, fue la primera voluntaria en hacerse el escáner. Su trauma la transportaba a trece años atrás, hasta el día en que fue a recoger a su hija de cinco años, Melissa, de un campamento diurno. Al salir, Marsha escuchó un pitido insistente, indicándole que el cinturón de Melissa no estaba bien abrochado. Al intentar Marsha abrocharlo bien, se saltó un semáforo en rojo. Un coche chocó contra el suyo por la derecha, matando al instante a su hija. En la ambulancia hacia el hospital, el bebé de siete meses que Marsha llevaba en el vientre también falleció.

De la noche a la mañana, Marsha pasó de ser una mujer feliz que era la alegría en todas las fiestas a una persona torturada y deprimida, llena de culpabilidad. Dejó de dar clases para pasar al departamento de administración de la escuela, porque trabajar directamente con niños le resultaba insoportable; como les pasa a muchos padres que han perdido a sus hijos, las sonrisas felices de los niños se convierten en potentes detonantes. Incluso escondida detrás de la burocracia, apenas lograba superar el día a día.

Este ejemplo muestra que si se dejan sin resolver los recuerdos emocionales traumáticos pueden producir depresión. A menudo también se generan miedos crónicos, sentando las bases de los trastornos de ansiedad: las fobias, los ataques de pánico y el estrés post-traumático. Normalmente la corteza prefrontal (estructura racional) apaga la respuesta de la amígdala y calma el miedo. Es lo que se llama “racionalizar el miedo” o entender que el peligro no es tan real como parece.

¿Cómo debería afrontar Marsha el resto de su vida después de haber vivido una experiencia de ese tipo? Imaginemos que la parte racional de Marsha conectara con la siguiente perspectiva lógica: “el acto de intentar abrochar el cinturón fue realizado con buena intención, sin conciencia del peligro real que conllevaba (de lo contrario no lo habrías realizado), por lo tanto aunque se haya convertido en un error irreparable y de gran trascendencia, ese hecho no te define como persona ni como madre. Tienes derecho a seguir adelante y a vivir en paz”.

Integrar este mensaje podría ser útil para sacarla de la depresión, sin embargo Marsha no puede acceder a él porque el hemisferio racional está desactivado. La corteza prefrontal no manda el mensaje de calma para apagar la alarma de la amígdala. Por lo tanto quien guía numerosos actos relevantes de la vida de Marsha es su parte emocional, por mucho que pase el tiempo.

Traumas “objetivos” y “subjetivos”

Pareciera que todo lo descrito en este artículo afecta solamente a aquellas personas que han sufrido traumas, dicho de manera general.

Lo que pasa es que al referirnos a un trauma o evento traumático, la terapia EMDR subraya que éste puede dividirse en dos categorías. Los traumas con “T” mayúscula y los traumas con “t” minúscula. Los traumas con “T” mayúscula son aquellos eventos tradicionalmente considerados como traumáticos, por ejemplo: un desastre natural, maltrato, abusos sexuales y físicos, experiencias de guerra o accidentes de coche. Estos serían traumas “objetivos” a ojos del común de la gente.

Por otro lado, las “t” minúsculas son aquellas vivencias negativas “subjetivas” o bien repetidas en el tiempo, que pueden acabar resultando tan impactantes como los traumas con “T” mayúscula. Algunos ejemplos de “t” minúsculas serían: recibir bullying, la exigencia excesiva de un profesor, recibir rechazo o tener la percepción de rechazo de un ser querido, sentirse indefenso y vulnerable, entre otros.

La Dra. Shapiro, psicóloga estadounidense que descubrió y desarrolló la EMDR trabajando con veteranos de la guerra de Vietnam, explica:“Muchos de nosotros pensamos que el trauma consiste en grandes acontecimientos. Pero por definición, trauma es cualquier hecho que ha tenido un efecto negativo duradero en la persona. Todos conocemos gente que ha perdido el trabajo, a sus seres queridos e incluso posesiones y como resultado, han sufrido intensamente. Cuando se pierde la paz del espíritu o si nunca se ha tenido, puede haber serias consecuencias físicas y psicológicas, sea cual fuere la causa”.

Conclusión

Todos y todas hemos vivido momentos en nuestra vida que nos han impactado emocionalmente. En consecuencia, podemos decir que nuestra parte emocional a menudo guía los actos de nuestra vida en tanto que tiene la capacidad de imponerse a la parte racional y desactivarla.

Debemos ser conscientes de la sensibilidad de nuestro cerebro emocional hacia los eventos negativos, hacia los recuerdos infantiles desagradables, hacia las pérdidas y sentimientos de rechazo. Todo esto genera una superioridad de la estructura emocional para tomar el mando cuando considera que debemos tener determinado comportamiento.

La esencia de la gestión emocional es entender la diferencia entre el trauma con “T” y con “t” y ser conscientes de que trabajar con nuestras emociones es imprescindible para lograr la reactivación de la parte racional y desarrollar el equilibrio necesario entre ambos hemisferios que nos permita encontrar la calma y la estabilidad interna.

Mariano de los Santos