
Esta es la historia de un joven encapuchado, más inteligente que la media de personas de su edad, de constitución atlética, de buen ver, que sin embargo con el pasar de los años no había logrado encontrar paz en su interior. Sentía una especie de vacío del que no lograba liberarse.
Un día este jóven se encontraba dando un paseo, cabizbajo como casi siempre, rumiando lo mal que va el mundo, vistiendo una sudadera con el lema “Víctimas”.
– Todo es una mierda. La vida da náuseas. Guerras, manipulación, la gente está controlada -lamentaba el joven-, todo se va al traste.
Ese día un coach se acercó a él y le preguntó cómo estaba.
– Estoy bien -respondió el joven escondido bajo su capucha-, simplemente no aguanto más. Estoy harto de todo. Nunca consigo nada. Esto es un asco.
El coach lo miró compasivo e hizo un intento de conectar con él, con su mundo emocional.
– Compi, ¿qué necesitas? -le preguntó.
El joven no le miró a los ojos.
– Pues me gustaría creer en mi.
– ¿Ah, sí? ¿Y eso?. -El coach le animó a seguir hablando.
– Sí, eso me gustaría. Pero bueno, es imposible. Además no serviría de nada. Todo da asco de todos modos.
El Coach le miraba con serenidad.
– Bueno, creer en uno mismo suena alentador. ¿Cómo te suena a tí?
– Me suena a mucho blablabla -refunfuñó el joven-. ¿Total, de qué me serviría?
– No lo sé. ¿De qué te serviría?.- respondíó el coach haciendo de eco.
– Además, para empezar -el joven gesticuló con las manos-. No puedo creer en mi si no tengo éxito, si no consigo cosas.
– ¿No puedes? – el coach seguía haciendo de eco para animarle a reflexionar.
– ¿No te das cuenta de que hay por ahí mucha gente consiguiendo cosas y yo no? En las redes sociales, en los trabajos, en el deporte. Yo sigo aquí, convertido en agua estancada. He cometido demasiados errores.
El coach escuchó asintiendo.
– O sea que para ti…, creer en tí depende de que consigas cosas. ¿Es así?
– Tampoco es eso -se defendió el joven-, pero vamos que es la realidad. Simplemente soy realista, veo lo que hay, no pasa nada por admitirlo. No quiero ser la típica persona que se tapa los ojos, no sería honesto.
El coach le observó impasible.
– Entiendo.
– Es normal que creas en ti si tienes éxito -continuó el joven-. ¿Cómo vas a creer en tí si fracasas? No tiene el menor sentido. Yo tengo la sensación de que fracaso todo el tiempo, una y otra vez. Es una incoherencia que crea en mi en estas condiciones. Cuando tenga éxito, entonces tendré razones para creer en mi.
El coach decidió poner una perspectiva diferente sobre la mesa.
– Quizá el creer en uno mismo no dependa de si uno triunfa o fracasa.
– ¿Y entonces de qué depende? – confrontó el joven-. No me vengas con milongas.
– Yo quiero creer en ti -respondió el coach-. No me importa que fracases.
– Ya, pero la he cagado demasiadas veces -volvió a sentenciar el joven-. Tú quieres creer en mi porque a ti te da igual todo.
El coach no se demoró en corregirle.
– No es verdad. Tú no me das igual.
– Ya. Y contéstame a una pregunta… -el joven hizo una breve pausa-. ¿cómo voy a creer en mi si mis padres no creen en mi? No puedo.
El joven relató al coach una serie de eventos producidos en su infancia. Siempre fue el hermano menor y tuvo que ser protegido por su hermano mayor por mandato de sus padres, principalmente de su madre, que le decía “tú eres pequeño, tú no puedes, tu hermano te cuida y te proteje”, incapacitándolo para desarrollar parte de su autonomía. Además, el joven relató eventos traumáticos por los que tuvieron que pasar sus padres para sacar adelante a sus dos hijos, con la consecuencia de haberles criado alimentándolos con emociones de miedo e inseguridad.
El coach le escuchó atentamente sin intervenir en ningún momento. Conectó con el joven, le prestó atención. Cuando el relato acabó, el coach dejó pasar unos segundos antes de romper su silencio.
– Tú puedes creer en ti aunque tus padres no crean en tí.
– Sí, venga. ¿Y cómo lo hago?.- preguntó el joven.
– Puedes hacerlo.- insistió el coach.
– Vale -contestó el joven en un tono sarcástico-, tú dime qué pasos tengo que seguir, uno por uno, y yo los sigo. Ya verás cómo no se puede.
Esta vez fue el coach quien decidió confrontar.
– ¿Estás seguro de que quieres creer en ti?
El joven puso cara de aburrimiento.
– Que sí, pero que no se puede. Tú dime cómo lo tengo que hacer. Dime qué protocolo tengo que seguir. Dame la guía, ya que eres tan listo.
– No te voy a decir qué pasos tienes que seguir -afirmo el coach seguro de su planteamiento-. Los vas a descubrir tú solo. ¿Sabes por qué? Porque yo creo en tí.
El joven sonrió mitad sorprendido, mitad halagado. Y volvió con su argumentario.
– Vale, si eso está muy bien. Si a mi me gustaría creer en mi, te lo digo en serio, pero que no sé cómo hacerlo, por eso si tú me dices lo que tengo que hacer yo lo hago.
El coach continuó con firmeza.
– No te voy a decir lo que tienes que hacer, lo vas a descubrir tú solo. ¿Sabes por qué? Porque creo en tí. Sé que tienes la capacidad de encontrar la respuesta. Por eso no te lo voy a decir.
– No me lo quieres decir -respondió el joven-, pues muy bien. Luego no digas que no lo he intentado.
– No es que no te lo quiera decir, es que yo sé que tú puedes descubrirlo solo, no me necesitas para eso. Lo sé porque creo en tí.
El coach empezó a bombardear al joven con la misma afirmación: creo en tí. Y él joven al principio se mantuvo detrás de su escudo, hermético, echando balones fuera, buscando la manera de responsabilizar al coach de su situación. Sin embargo poco a poco empezó a dudar de su propio discurso.
– No sé cómo hacerlo. Si tú dices que yo puedo descubrirlo solo, pues ya lo descubriré algún día.
El coach se mantuvo en silencio. No compró su mensaje victimista y no le dio respuesta alguna a sus peticiones. Se mantuvo firme y al mismo tiempo compasivo y cariñoso. Sabía que había dejado al joven en un estado de reflexión y de búsqueda de recursos internos.
Un buen rato después el joven cambió su gesto. Por primera vez bajo su capucha esbozó una sonrisa genuina.
– Mmm… a ver te quiero hacer una pregunta. ¿Tú tienes una hija pequeña verdad?
– Sí, una niña hermosa de 4 añitos- respondió el coach en tono amoroso.
– ¿Y tú crees en ella?
– Claro -afirmó el coach-, cómo no voy a creer en ella, ¡mi princesa bonita!. Yo la miro y me la imagino de mayor, contenta, con su vida en equilibrio, con sus altibajos como le puede ocurrir a cualquiera, pero con las herramientas adecuadas para salir adelante y conseguir sus metas.
– Sin embargo ella no ha conseguido nada todavía -resaltó el joven-. Sólo tiene 4 años, sus éxitos futuros ahora mismo son solamente producto de tu imaginación, no son reales. ¿Por qué crees en ella si todavía no ha triunfado en nada?
– Yo creo en ella porque se merece que yo crea en ella. ¡Sólo tiene 4 años! No podría negarle ese respaldo.
El joven sonrió con cierta picardía.
– Exacto. Es que… ¿sabes de lo que me estoy dando cuenta?
– Soy todo oídos.- respondió el coach con curiosidad.
El joven comenzó a explicarse.
– De que tengo derecho a creer en mi independientemente de lo que consiga, simplemente por estar aquí. Igual que tu hija, que tiene derecho a que crean en ella aunque aun no le haya dado tiempo a demostrar nada. Creer en ella no tiene condicionantes, es simplemente un derecho universal.
– Me encanta tu reflexión.- comentó el coach con aprobación.
– El hecho de creer en uno mismo no puede depender de si uno triunfa o fracasa. Tu hija tiene derecho a creer en ella misma, así triunfe o fracase, ¿verdad? Creer en uno mismo no puede depender de los resultados que uno consiga. Más bien creer en uno mismo es un derecho universal que nos asiste a todos por el mero hecho de haber venido a este mundo y ser personas.
El coach empezaba a disfrutar.
– Brillante.
– ¡Ya sé lo que tengo que hacer para creer en mí!- exclamó el joven-. Es tomar conciencia, ya está, y olvidarme de los errores, de los resultados y de lo que me ocurrió en la infancia. Creo en mí simplemente porque es un derecho que me asiste y voy a disfrutar de ese derecho cada día de mi vida.
¡Bravo!.- celebró el coach.
De pronto el joven encapuchado se quitó la capucha y por primera vez miró al coach a los ojos. Y vió su cara. Se quedó atónito cuando se dio cuenta de que el coach tenía la misma cara que él, su mismo pelo, sus mismos ojos. El coach y él eran la misma persona.
Y despertó.
Estaba un poco aturdido. ¿Qué hora será? Se esforzó por abrir los ojos y se dió cuenta de que en su sueño había tenido una conversación consigo mismo, con una parte de sí mismo. Todo el proceso conversacional había sido, en realidad, un enorme gesto de amor propio, de alimentar su autoestima con mensajes que le ayudaban a crecer. Había encontrado una respuesta trascendental. Y la había encontrado por sí mismo.
Mariano de los Santos