
¿Te defendiste? ¿Gritaste? ¿Por qué no saliste corriendo? Son preguntas que deberían estar prohibidas.
Una investigación, publicada en 2017 en la revista Acta Obstetricia et Gynecologica Scandinavica, estudió los casos de casi 300 mujeres que acudieron a una clínica de emergencia para víctimas de violación en Estocolmo, Suecia.
Los resultados muestran que las mujeres no opusieron resistencia, aparentemente. El 70% de las víctimas experimentó un tipo de parálisis temporal denominada “inmovilidad tónica”, y un 48% lo hizo en un grado “extremo”. De una manera similar a lo que sucede con los animales, las personas expuestas a una amenaza pueden reaccionar con una inhibición motora temporal e involuntaria, lo que se conoce como “hacerse el muerto”.
Frente a un peligro normalmente actuamos en base a 3 variables. Si considero que tengo los recursos suficientes LUCHO, si no los tengo HUYO, y si considero que no puedo huir porque me siento acorralado entonces ME HAGO EL MUERTO con el fin de sobrevivir. Cierro los ojos, me someto y me dejo llevar. Nuestro sistema interno enciende el modo baja energía y el cerebro es inundado de analgesia opioide para reducir la intensidad del miedo y el dolor.
Tener esto en cuenta es urgente y especialmente necesario, visto que en un juicio la resistencia activa de una mujer suele ser una prueba a su favor de que la agresión sexual existió. Sin embargo hacerse el muerto también es una forma de resistencia, de hecho la más utilizada por las mujeres agredidas sexualmente porque consideran que es la mejor manera de sobrevivir ante una situación de la que no tienen escapatoria.
Caso La Manada
7 de julio de 2016, un grupo de cinco hombres violó a una joven de 18 años dentro de un portal durante las fiestas de San Fermín, Pamplona. En el juicio la joven relata su sensación de verse acorralada y cómo automáticamente entra en el modo defensivo Hacerse el Muerto: cerrar los ojos, someterse y dejarse llevar hasta que los depredadores se retiran. Sobrecogedor.
La Audiencia Provincial y Tribunal Superior de Navarra no apreció violencia en los hechos por lo tanto consideró el caso como “abuso sexual” y no como “violación”.
La víctima declaró en el juicio: “llegamos al cubículo ese y fue cuando empecé a sentir más miedo. Me vi rodeada por aquellos cuatro, noté que me quitaban la riñonera, sujetador y me desabrochaban el jersey atado a la cintura. Empecé a sentir más miedo cuando me agarraron de la mandíbula y me acercaron para hacer una felación, y otro me agarraba de la cadera y me bajaba los leggins. En ese momento estaba totalmente en shock, no sabía qué hacer, quería que todo pasara rápido y cerré los ojos para no enterarme de nada y que pasara rápido. Notaba una presión constante en la mandíbula y caderas y que me tiraban del pelo”.
La joven se muestra en todo momento con los ojos cerrados en los 96 segundos que suman los siete vídeos que grabaron dos de los acusados con sus móviles y que abarcan momentos correspondientes tanto al inicio como al final de los hechos.
”No me daba la cabeza para pensar cómo puedo salir de allí. Me daba igual lo que pasaba. Me sometí para que acabara”, afirmó.
La fiscal insistió en el juicio que los imputados se valieron de su «superioridad numérica y física» en la «ratonera» de pequeñas dimensiones a la que llevaron a la joven dentro del portal. «Ante una intimidación tan grave, solo pudo someterse. No tuvo más remedio que no resistirse y esperar a que todo pasara cuanto antes», aseguró.
Después de muchas protestas, el caso fue finalmente revisado y sentenciado por el Tribunal Supremo que lo consideró una violación.
La culpa
Al igual que una persona que ha superado un cáncer no es una “persona enferma” de por vida, una mujer que ha superado una experiencia de agresión sexual no es una “persona víctima” de por vida. Es verdad que el concepto de víctima puede ser especialmente pertinente y necesario para describir hechos objetivos y también a la hora de exigir justicia en determinados casos de violación o abuso sexual. A veces sin protesta no se hace justicia.
Sin embargo a posteriori hay que tener mucho cuidado con esos carteles porque pueden ser verdaderas losas para nuestra autoestima. Una mujer que ha sufrido abuso sexual es una víctima de ese hecho en concreto, eso sí. Y una vez superado pasa a ser una “persona fuerte”, una “persona empoderada” o bien simplemente una “persona común con heridas emocionales por desgracia habituales en la sociedad en que vivimos”, si queremos que esa herida cicatrice. Es decir, una mujer que ha sufrido una agresión sexual también tiene derecho a hacer vida normal y no vivir para siempre en un estado de estrés post-traumático.
Y por contradictorio que pueda parecer, para que una herida así cicatrice el principal conflicto emocional que una mujer debe gestionar no es el miedo ni la rabia y el odio a los violadores, sino el propio sentimiento de culpa.
El “debería haberme resistido” es la antesala del “fue mi culpa” y “soy una vergüenza” que, a su vez, refuerzan la negación, el temor a hablar, la inmovilidad a la hora de denunciar y hasta de contarlo a la familia, las amistades, las parejas y/o a los terapeutas.
La joven de 18 años, violada por 5 hombres en Pamblona (caso La Manada), declaró en el juicio lo siguiente: “Al llegar a mi casa, a los días sentía mucha culpabilidad. Pensaba que podía haber hecho más, que era mi culpa lo ocurrido… Porque me podía haber ido, porque no tenía que haberme puesto a hablar con gente que no conozco, porque me separé de mi amigo, porque me quedé sola en una ciudad que no conozco. Me sentía muy culpable, se me quitaron las ganas de hacer cualquier cosa y necesitaba respirar. En mi cabeza estaba todo el rato pensando en esto, e incluso cuando estaba de fiesta me ponía a llorar y no podía parar».
Mariano de los Santos