
Mi marido, mi padre. Un familiar se ha ido y deja un vacío tremendo. Sin embargo queda la sensación de que aun está presente, siento que está a mi lado, siento que le veo, que aún está aquí. El shock de la pérdida puede generar un estado de resistencia interna que se niega a aceptar la realidad. ¿Por qué? Porque la realidad es demasiado dolorosa por lo tanto mi mente busca mecanismos para evitarla.
Sin embargo, este mecanismo de autoprotección es una distorsión en sí misma y me genera un estado de desequilibrio que puede durar mucho tiempo. Tristeza profunda, llanto repentino, desconfianza de la vida y del mundo, incluso en algunos casos puede llegar a las tendencias autolesivas y suicidas. Para qué vivir si la persona que más quería ya no está aquí.
Sin embargo el familiar que se ha ido no tiene intención de arrastrar a más personas. Por el contrario, a menudo la persona que se va le gusta dejar un legado, una contribución a su familia y al mundo, un aprendizaje útil. Y cuando las relaciones son sanas, desea que los demás sean felices.
Aquí podemos encontrar un motivo para querer seguir viviendo. El segundo motivo lo encontramos en querer seguir a lado de otras personas que están vivas: madres, hermanos, parejas, sobrinos, abuelos, etc.
El ser querido que se fue quiere que tú seas feliz, no le lleves la contraria. Además, hay personas vivas con las que aún mantienes un vínculo fuerte. Eso sí, para que todas las piezas empiecen a encajar es necesario eliminar la resistencia interna que se niega a aceptar la realidad. El ser querido se fue y no va a volver por más que lo niegue. Es más, negar la realidad sólo me hace más daño a mi mismo y a mi entorno.
Por lo tanto, respiro hondo y elijo aceptarlo. Mi ser querido va a estar en mi corazón para siempre, sin embargo dejo marchar la idea de que no se ha ido, porque se ha ido. Lo acepto y comienzo a rehacer mi vida en equilibrio.
Mariano de los Santos