
La industria del coaching a menudo se vanagloria de una gran promesa incumplida: apoyar a la gente a ser “la mejor versión de sí misma”. Este concepto, que en realidad nace de filósofos de la antigua Grecia, tiene su principal punto débil en la falsa ilusión que genera en su audiencia.
La mejor versión de ti mismo en realidad no existe. Al igual que no existe la perfección. Son conceptos insaciables y, por consiguiente, fuente de frustración y desvalorización.
¿Cuándo conseguiré ser la mejor versión de mi mismo? ¿Cuando consiga esas metas que tanto deseo: el trabajo de mis sueños, el amor de mi vida, la abundancia financiera que me permita ser libre para siempre? Puedo encontrar un buen trabajo, sin embargo siempre habrá trabajos que me resulten mejores que el actual, o en el que gane más dinero con lo que pueda alcanzar otras metas. Siempre podré encontrar cualidades mejores en otra pareja que no es la actual. Al igual que el perfeccionismo, es un pozo sin fondo.
No sólo eso. Hay metas que se consiguen en una semana y hay metas que se consiguen en 5 años. Hay metas que una vez conseguidas me generan un feedback que me hace tomar conciencia de que, en realidad, no era lo que estaba buscando. A veces el mero proceso de avanzar hacia una meta hace que mi mentalidad cambie y se abra la necesidad de trabajar en dirección a una meta diferente. Hay metas que puedo estar buscando durante años sin ver los resultados, y acabo abandonando por puro desgaste. Hay coaches o psicólogos que pueden tardar 10 años de vivir de su profesión, y no todos están en condiciones de esperar tanto tiempo. También ocurre que hay grandes metas que, una vez alcanzadas, no son eternas. Esto le puede ocurrir a un atleta que consigue una medalla, a una pareja maravillosa que se rompe después de unos años, o un gobierno decente que pierde las siguientes elecciones.
¿Dónde está la mejor versión de uno mismo? Mientras no consiga mis metas o mientras mis metas conseguidas no estén vigentes entonces seré simplemente mi Yo Actual, alejado de la Mejor Versión de mi mismo. Que decepción, ¿no? Qué sensación tan desagradable la de pasar por tanto altibajos y de nunca llegar a ser plenamente la mejor versión de mi mismo.
Hay quien dice que la mejor versión de uno mismo acepta el fracaso como parte de nuestro camino. Ok, pero, “¿entonces aceptamos también el “fracaso eterno” como parte de la mejor versión de nosotros mismos? Eso ya no. Por lo tanto ahí vemos que los conceptos de “éxito” y de “metas conseguidas” están forzosamente vinculados al de desarrollar nuestra mejor versión.
Para salir de este entuerto simplemente deberíamos hablar de AUTOACEPTACIÓN. Acepto mi Yo Actual como válido. Abrazo mis metas no conseguidas y, si es necesario, mi fracaso permanente. Me acepto entero de arriba abajo. Yo soy la mejor versión de mi mismo aquí y ahora. O mejor dicho, soy quien soy y eso está bien así. Porque me acepto a mi mismo. Y si necesito alcanzar determinadas metas, estupendo, voy a por ellas. Toda persona tiene derecho a tener sus necesidades básicas cubiertas y a disfrutar de la vida. Ahora bien el resultado de mis acciones no va a determinar si soy la mejor versión de mi mismo o no, ya que eso nunca va a ocurrir en tanto que si alcanzo una meta bajo ese encuadre siempre voy a querer más y más.
Las metas no me van a dar la felicidad. La felicidad me va a dar mis metas. Decía el movimiento autónomo en los años 90 que no se puede esperar a “decretar” la igualdad entre hombres una vez hecha la revolución, sino que esta igualdad debe ser construida día a día, aquí y ahora.
La mejor versión de nosotros mismo no va a darnos por decreto la felicidad. Y si nuestra mejor versión incluye la autoaceptación, entonces el concepto deja de ser necesario: elijo aceptarme ahora mismo, elijo aceptar mi Yo Actual.
Mariano de los Santos