La comunicación interna o la capacidad de calmarse a un@ mism@

Una niña de 3 años se distrae, pierde el equilibrio y se cae de un tobogán. Se golpea la cara y una mano. La madre sale corriendo a por la niña y la coge en brazos gritando “ya lo has vuelto a hacer, mira que te lo tengo dicho, que hay que mirar antes de tirarse por el tobogán, siempre haces lo mismo, no miras y por eso te caes. Eres un desastre”. La madre no chequea si la niña está bien, en vez de eso pide aprobación a los padres que hay cerca, “¿lo habéis visto? Si es que se cae por no mirar bien, se pone a mirar otras cosas, siempre se lo digo, en casa le pasa igual”.

Quizá la madre, al ver a su hija caer, entró en un sentimiento de culpa: “a ver si van a pensar que soy mala madre y que la niña se ha caído porque no la he protegido”, y por eso se justifica e intenta explicar a los demás que ella ha cumplido con su deber como madre que es explicárselo una y otra vez. Sin embargo lo que esa madre no está viendo, mientras su hija sigue llorando desconsoladamente, es que está construyendo un crítico interno dentro de la niña que la perseguirá y la atormentará hasta la edad adulta. A medida que la niña vaya creciendo, cuando cometa un error su pensamiento irá dirigido a señalarse a sí misma con el dedo, “lo ves, siempre haces lo mismo, ¿cuántas veces tendrás que equivocarte para aprender? Eres un desastre”.

Algo similar le ocurre a un niño de 11 años. Su padre le dice “hasta que no apruebes las asignaturas que tienes suspensas no voy a confiar en ti”. De este modo el niño aprende que la (auto)confianza es condicional, es decir depende de los resultados. En vez de entender que el éxito muchas veces es el resultado de una serie de errores, este niño se convertirá en un esclavo del acierto y su autoestima se verá dañada cada vez que falle.

Cuando en sesión trabajo con el niño interior de mis clientes veo el reflejo de toda esta forma de tratar a los hijos, y como sus consecuencias nocivas duran hasta la edad adulta. Les pregunto, si ese niño, que eras tú, lo tuvieras delante, ¿qué le dirías para calmarle? Y básicamente se quedan en blanco.

Encuentro directores de empresas con enormes dificultades para autogestionarse emocionalmente, parejas que discuten y “entran en bucle” porque una vez que se han sentido dolidos son incapaces de comunicarse desde la calma. Personas que buscan en los amigos el apoyo necesario para calmarse, o mujeres que buscan apoyo en el marido, maridos que buscan apoyo en sus mujeres. Y personas que no buscan la calma en los demás porque la autoexigencia guía sus vidas y pueden acumular un sentimiento de intranquilidad e insatisfacción durante muchos años.

Ahí encontramos un de los roles más importantes de coaches, psicólogos y terapeutas en general: enseñar a las personas a calmarse a sí mismas.

Para ello hay que analizar cómo funciona nuestra comunicación interna, nuestro crítico interno, nuestro pepito grillo. Ese diálogo interno que está encendido todo el tiempo y que no nos sirve para calmarnos. E ir poco a poco transformándolo en un lenguaje efectivo que nos libera de culpas, que nos apoya cuando nos equivocamos, que empatiza cuando nos sentimos tristes, que nos felicita cuando estamos contentos, que nos calma cuando estamos frustrados y de este modo nos acerca, cada vez más, a nuestra mejor versión. O a lo que otros llaman el Yo Sabio.

Mariano de los Santos